viernes, abril 29, 2016

Un trozo de El Extraño Residente

El nuevo libro de Eladio Bernabé Castedo creo que en la historia cercana, relacionada con la presentación de un libro, se sienta un precedente en promocionar los productos de nuestra gastronomía del picoteo costeada por las mismas firmas:En esta presentación colaboraron las siguientes marcas comerciales:

Cafés Candelas de Lugo con un detalle de sus productos.
Hotel Roma Sarria con la presentación de la obra
Aguas Fontecelta del Grupo Hogomar
Panadería Illán de Lugo
Adegas Moure Abadía da Coba-Ribeira Sacra.
Sidras  de Chantada- proporcionadas por un expontaneo
Cárnicas Teijeiro de Sarria: con jamón de  Porco Celta 
Tartas - Muralla de Lugo- Sarria
Confitería Maceda con sus cañas
Panadería Pallares con su larpeira
Por lo que se sumaron  a esta iniciativa,  a los que agradezco tal apoyo.


El Extraño Residente  es una historia de la Galicia profunda, que deriva de dos hermanos partiendo para puntos geográficos muy equidistantes, quienes por circunstancias del momento, se dispersan como tal Big Ban de aquel presente, con tan solo aquella maleta de cartón. Uno a Cataluña y el otro a las Antillas, perdiéndose su rastro entre ambos como para no encontrarse jamás.
Las circunstancias del momento obligaban a la persona a buscarse la vida lejos de sus umbrales, debido a que aquella tierra que les viera nacer, sus dirigentes gubernamentales no eran capaces de crear trabajo allí donde se necesitaba.
En la actualidad, no estamos tan lejos de lo mismo, puesto que en algunos aspectos, volveríamos a ese punto de partida.

En este libro se expone los problemas de esa familia sencilla  de la clase obrera barcelonesa, descendiente de ese emigrante chantadino, que por las circunstancias de la crisis galopante, se ve en la tesitura de volver a emigrar; pero esta vez mucho más lejos, a Nueva Gales del Sur, dejando en un internado a su retoño del alma.
El gran vacío que deja en su madre la no presencia de su hijo poniendo por medio tanta distancia; en pocos meses, la salud de esta se baya resquebrajando a pasos agigantados, temiéndose por su vida en la distancia.
Pero la soledad también hace mella en el interno anhelando la lejanía de los suyos; pero un  tercer personaje le apoyará en los momentos difíciles, haciendo esa estancia más llevadera.
En estos contenidos aparecerán detalles el Bullin, como acoso escolar, junto a los abusos y tocamientos por parte algún enseñante, la proximidad de las drogas, o los efectos de casos paranormales, derivados de  una Ouija mal cerrada.

Pero gracias a ese amigo, puede salir airoso de los entuertos que el destino le pone en el camino. 

Por lo tanto el contenido de esta obra es como si fuese una continuidad de la anterior Me lo dijo un Pajarillo, con colaboraciones de Entre estros, alguien vinculado al mundo de las letras, como
José Corredor Matheos, Premio Nacional de Poesía 2005, con
el cual Eladio, junto ya con su señora, se reuniría en varias
ocasiones en su despacho de Olesa. De este tenía un grato recuerdo
por su afable trato, quien le habría guiado sobre lo que
debería leer para ir formándose en tal pasión. A raíz de aquello
empezaría con su primer trabajo literario arrinconado aún hoy
por las estanterías en proyecto de reforma, se titulaba: El precio
el placer, que incluso había sido llevada por su compañera a alguna
editorial catalana, pero sin éxito alguno para ser editada.
Es que en este mundillo no servían las prisas, sí la calidad de
sus letras. Este mismo me lo decía, que no importaba lo que se decía, si no como se representaba.
Por lo que recogido de este en su ejemplar Poesía
1951-1975, cabría exponer.
Que casi viene a cuento en estos tiempos que estamos,
expresar estos pareados suyos de aquellos años,
donde todo eran proyectos para poder alumbrarnos,
contando ese futuro donde algunos serían los amos.
Quién decía de los reyes.


Antes eran tres reyes
a los que llamaban magos,
los que a cumplir venían
con todo lo soñado.
Con sus barbas florecidas,
con sus dedos enjoyados,
con una mirada alegre
y un dolor enterrado.
Hoy vinieron tres hombres,
los tres hombres a caballo;
con la misma alegría, de igual
dolor callado.
Van por las avenidas
desiertas disfrazados
de esperanza sin tiempo,
con un sueño prestado.
Hoy, los hombres no esperan
a los tres reyes magos.
Si su esperanza es más alta,
más hondo es su cansancio

Eladio, como emigrado, terminaba su contenido con esa poesía Oda a la emigración; de Primitivo Oliva
Hijos del Campo», en su obra: Surcos de tierra y piel:

Hijos del campo
Muchos hombres guardaron las azadas.
Junto a ellas colgaron su pasado,
los yugos, los serones, las albardas…
en un rincón de olvidos, dejaron
las fincas más humildes y escarpadas
sin la lenta caricia del arado,
sin el niño dormido en la simiente,
sin el tibio fermento de las frentes:
el sudor en la siega derramado.
La tierra fue quedando lentamente
sin ser la madre fértil de sembrados.
También, para el olvido, recluyeron
el zurrón, el garrote y más aperos.
En olvido quedaron las majadas,
los corrales, sin eco de cencerros,
ni balidos de ovejas y de cabras.
Dieron vida al abrojo las cañadas
y se fueron borrando los senderos.
Ellos, marchaban al señuelo sugerente
del piso en la ciudad, hacia el tumulto
del asfalto febril o del subsuelo;
empujando con ansia su presente,
sin ver el horizonte del futuro;
cual migrar de las aves por el cielo.
No olvidaron las tierras donde el agua
besaba tiernos brotes de verdura
anclados en los surcos; donde el aire
recolectaba trinos y tersuras
por caminos de paz, y las estrellas,
en las noches cercanas y profundas,
les hablaban con guiños misteriosos
junto al rostro mutante de la luna.
Hastiados de ciudad y tremolina,
aburridos de prisas y de atascos,
regresan como pueden, cuando pueden,
aquellos hijos pródigos del campo;
llegaban buscando aromas ancestrales
al susurro del bosque solitario,
a la fuente perpetua de la vida,
al corazón nativo del pasado,
cual retoños que acudían a la madre
sintiéndose dichosos a su lado.



Y como si tal trilogía se pretendiese,   cocer El Extraño Residente;  se continuaría con esa próxima obra,  título Parejo al Tiempo ya casi dispuesta.

Un trozo desde su inicio:El Extraño Residente- a la venta, picar enlace de amazon

A este tiempo lleno de esperanzas, para que el poder que rige los destinos de los sumisos contribuyentes, que sacaron siempre a los países de las crisis económicas, los respete, y no sean diezmados por mandatarios y administradores avarientos y corruptos por falta de atención sanitaria. Que recapaciten y dejen respirar a los que se ahogan, que son quienes depositaron en ellos ese destino, convirtiéndolos en pulgones que sacan el almíbar que los mantiene en tales derroches del poder. Porque, si nada les es suficiente, que al menos esos, que consideran sus súbditos, puedan tener el digno derecho de ser atendidos debidamente cuando se trate de su continuación en esta fase delicada de estancia. Que recuerden que sin el poder de ese pueblo nada será igual en este futuro incierto, ya que es cuestión de tiempo el desmantelar el sistema para que ellos, inevitablemente, vayan también a la deriva. No olviden que el egoísmo y la usura jamás han traído bienestar a ningún sistema político que se digne, pero, si algo se ha de sacar en positivo de este presente, será el aprender a valorar lo menos malo y a analizar el efecto de todos aquellos que han decidido marcharse del tiempo por falta de apoyo, debido a la desidia y al egoísmo desmedido de esos cuantos para los que solo prima el bienestar propio a toda costa.

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Capítulo I. La llegada
Mientras la noche cae fría y seca a la vez, debido a la escarcha que cristaliza, como si quisiera coincidir con la estrella de Navidad, alguien acaba de llamar a la puerta del internado. Bajo la luz de aquel farol que pende a la izquierda del portón, a juzgar por los sospechosos destellos áureos que fluyen de su rubia cabellera ante el monje que le franquea la entrada, el que llega no aparenta tener más allá de diez u once años. Su joven presencia le delata como un ser misterioso, no obstante, a la vez que sostiene su puerta recién abierta, el religioso le pregunta:
–¿Qué deseas, muchacho?
Este, algo indeciso en su comportamiento, le responde como por instinto.
–Querría que me diesen cobijo, señor.
–¡Pero chico! –responde el monje intentando averiguar, tras echarle una ojeada–. ¿De dónde sales a estas horas de la noche?!
–No tengo ni idea, señor.
–Está bien, está bien... pasa.
La puerta de madera encastrada dentro de un portalón grande gira sobre sí misma empujada por el fraile hasta ajustar con su emplazamiento dentro de los muros de piedra.
–¡Bueno! Pues… te llevaré ante el prior a ver qué dice él. Esperemos que no se haya acostado, porque pasan de las diez, ¿sabes?, y a partir de esta hora casi todo el mundo duerme.
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–No sé qué hora es, no llevo reloj –contesta el recién llegado con cara de ignorarlo todo.
–Te aconsejo que me llames padre y no señor. Por llevar, no llevas más que lo puesto; a ver si ahí dentro, entre todos, encontramos tu memoria.
Después de admitir la recomendación del monje, ambos entran en la planta baja de un edificio de tres recorriendo un largo pasillo. Tuercen a la derecha y a los pocos pasos el religioso se detiene frente a una puerta, antigua, para tocar con los nudillos en ella, a la vez que pide permiso para entrar.
–¿Se puede?
–¡Adelante! –una voz cargada de afonía contesta al otro lado de la puerta.
El monje empuja la hoja de madera y, después de pasar con el muchacho, la cierra de nuevo a sus espaldas.
–Buenas noches, hermano rector, mire qué regalo le traigo.
–¡Vaya! ¿Y ezte muxaxo de ónde ha zalío? –pregunta el prior, con aquel acento andaluz tan suyo, mirándolo con gran detenimiento.
–Acaba de llamar a la puerta hace unos momentos pidiendo cobijo.
–¿Cómo? ¿Y ónde vive?
–Pues no lo sé, hermano, y a juzgar por su comportamiento yo diría que debe de sufrir de amnesia.
–¡Oye, chiquillo! ¿Tú... cómo te llama?
–No me acuerdo, señor –contesta el recién llegado.
–¡Padre, muchacho, padre! –le corrige de nuevo el portero.
–Perdone, padre, es que no estoy acostumbrado a hablar así.
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–¡Claro, claro! –añade el prior–. Pueh... sí que estamoh apañaoh, a ehte pazo no va a ayudarnos tú muxo a identificate. ¡Oye! ¿Y tampoco sabeh como se llaman tuh padreh ni ónde viven?
–No, padre, intento hacer memoria, pero no consigo acordarme de nada.
–Pues sí que ehtamoh arreglaos, al menoh debiese recordá argo, ¿no, xiquillo? Por lo menoh de ónde vieneh ahora?
–Perdón, padre, le repito que no sé nada, mi mente está totalmente en blanco.
–Caray... –prosigue el prior rascándose la cabeza–. Pueh sí que está en blanco; la verdá ejque no dah grandeh facilidadeh pa investigá tu lugá de procedencia, ¿eh?
–Lo siento, padre –contesta el recién llegado, posando sus grandes ojos azules sobre el religioso.
–¿Y quién te ha mandao aquí? –le pregunta el del sur.
–Nadie, encontré este sitio por casualidad.
–Vamoh, que noh hemoh cruzao en tu camino... ¡digo!
–¿Por qué no, padre? ¡Podría ser! –repone el joven.
–Vaya con el rubio ehte. Bueno... poh lo pronto comerá el turrón con nosotroh hahta que averigüemo argo sobre ti.
El religioso se levanta de su silla, tallada en madera de nogal, con alto respaldo, la cual hace juego con su mesa de despacho, y, dando vuelta a la misma, se dirige al extraño visitante con su acento sureño y le pregunta con aspecto pensativo.
–Vamoh a vé, quizá este objeto que llevah colgao nos diga argo sobre ti.
La autoridad clerical coge con su mano derecha el dorado colgante, el cual cuelga de una cadena del mismo material en torno al cuello del muchacho. Por su cara delantera
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representa a una diosa egipcia, pero al dorso puede leerse claramente un nombre de seis letras: Marcos.

Pasan los días y, por más que se especula sobre la procedencia de Marcos, nada se sabe en concreto. Finalmente, las autoridades competentes deciden que, por lo pronto, el jovencito debe ser internado en un orfanato hasta que sea mayor. Pero, después de recapacitar sobre ello detenidamente, puesto que ya le han cogido cariño y fueron ellos los primeros en acogerle, los religiosos toman una decisión muy acertada, pasando así directamente a ser sus tutores legales: qué mejor que en aquel lugar en donde podrá seguir formándose como es debido.